No tengo fe en la justicia. La misma instancia que se encargará
de averiguar y esclarecer la masacre de la Narvarte es la misma que exoneró a
Gutiérrez de la Torre por “trata de blancas” y “explotación sexual” ,
descartando las 4 horas de audio que se presentaron como pruebas contra el
exdirigente local.
Noemí Breumen, la mujer que escondió a los Abarca a raíz del
asesinato de los 43 normalistas, está libre. Por otro lado, Murillo Karam, el
entonces procurador que presentó a cinco sicarios de poca monta quienes
aseguraban haber incinerado hasta las cenizas a los estudiantes, pese a que
aquella “verdad histórica” desafiaba todas las leyes de la física, no sólo no
fue obligado ni siquiera a pedir perdón por su pifia, sino que ahora dirige
cómodamente la SEDATU, una de las secretarías de más bajo perfil de la actual administración
federal.
Sigue ganando como secretario, desayuna plácidamente en los salones
privados de Polanco y se le mira rozagante, feliz, bien descansado.
En Veracruz, Reynaldo Escobar baila, jocoso, de vez en
cuando, las cumbias más estridentes junto a un montón de acarreados diabéticos
autodenominados “400 pueblos”.
Fidel Herrera sale a trotar todas las mañanas
para mantenerse en forma. Como el ejercicio le abre el apetito, a veces encarga
un desayuno especial a su secretario particular, y entonces le devuelve al
estado 600 pesos de los 96 mil millones que le faltan. Hace dos años disfrutó
con especial intensidad las providencias de la capital poblana, era asesor en
seguridad de Moreno Valle.
Nadie va a caer, nunca ha caído nadie que de verdad importe,
porque esos mismos genocidas son quienes mueven el dinero de un país cuya
economía depende 70% del narcotráfico y lavado de dinero. No voy a escribir,
aunque lo desee, que “ya basta” o “ni uno más”, porque me parece un gesto
estéril, siento que estoy cumpliendo con mi papel en el teatro sangriento
inaugurado con Calderón desde 2006.
Escribo sin esperar justicia. Toco sin
esperar justicia. Enseño sin esperar justica. La única esperanza que me queda
es que después de mí siempre haya alguien que recuerde esta inundación de
muertos y tenga miedo de vivirla así, como nosotros.
Y esa persona tenga una
esperanza mayor que ésta que yo tengo, porque a su vez esperará que los otros,
que no han llegado todavía, sepan al nacer el terror que devoró a sus muertos y
teman que regrese, y entonces inventen rituales, liturgias como pronunciar el
nombre de los suyos en voz baja cada día o repasar el nombre de las criptas de
su pueblo para llenar su silencio de memoria cinco minutos camino a la oficina.
Y entonces sí, poco a poco, vuelva a juntarse en las cavernas (o cantinas) un
puñado de personas, y en torno al fuego, que será la cicatriz profunda de una
ejecución, una golpiza o un secuestro, cuenten historias para creer de nuevo en
el poder curativo del sonido, y vuelva a ganar terreno el pensamiento en lugar
del peso, que para entonces ya estará mucho más que devaluado.
Que recuerden, y que ese recuerdo sea su muro, su bala de
plata, su ajo sobre el cuello, y en suma, su amuleto contra la desgracia. Es lo
único que espero.
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