jueves, 6 de agosto de 2015

¡¡NO TENGO FE EN LA JUSTICIA!!

No tengo fe en la justicia. La misma instancia que se encargará de averiguar y esclarecer la masacre de la Narvarte es la misma que exoneró a Gutiérrez de la Torre por “trata de blancas” y “explotación sexual” , descartando las 4 horas de audio que se presentaron como pruebas contra el exdirigente local. 

Noemí Breumen, la mujer que escondió a los Abarca a raíz del asesinato de los 43 normalistas, está libre. Por otro lado, Murillo Karam, el entonces procurador que presentó a cinco sicarios de poca monta quienes aseguraban haber incinerado hasta las cenizas a los estudiantes, pese a que aquella “verdad histórica” desafiaba todas las leyes de la física, no sólo no fue obligado ni siquiera a pedir perdón por su pifia, sino que ahora dirige cómodamente la SEDATU, una de las secretarías de más bajo perfil de la actual administración federal. 


Sigue ganando como secretario, desayuna plácidamente en los salones privados de Polanco y se le mira rozagante, feliz, bien descansado.

En Veracruz, Reynaldo Escobar baila, jocoso, de vez en cuando, las cumbias más estridentes junto a un montón de acarreados diabéticos autodenominados “400 pueblos”. 

Fidel Herrera sale a trotar todas las mañanas para mantenerse en forma. Como el ejercicio le abre el apetito, a veces encarga un desayuno especial a su secretario particular, y entonces le devuelve al estado 600 pesos de los 96 mil millones que le faltan. Hace dos años disfrutó con especial intensidad las providencias de la capital poblana, era asesor en seguridad de Moreno Valle.

Nadie va a caer, nunca ha caído nadie que de verdad importe, porque esos mismos genocidas son quienes mueven el dinero de un país cuya economía depende 70% del narcotráfico y lavado de dinero. No voy a escribir, aunque lo desee, que “ya basta” o “ni uno más”, porque me parece un gesto estéril, siento que estoy cumpliendo con mi papel en el teatro sangriento inaugurado con Calderón desde 2006.

 Escribo sin esperar justicia. Toco sin esperar justicia. Enseño sin esperar justica. La única esperanza que me queda es que después de mí siempre haya alguien que recuerde esta inundación de muertos y tenga miedo de vivirla así, como nosotros. 

Y esa persona tenga una esperanza mayor que ésta que yo tengo, porque a su vez esperará que los otros, que no han llegado todavía, sepan al nacer el terror que devoró a sus muertos y teman que regrese, y entonces inventen rituales, liturgias como pronunciar el nombre de los suyos en voz baja cada día o repasar el nombre de las criptas de su pueblo para llenar su silencio de memoria cinco minutos camino a la oficina. 

Y entonces sí, poco a poco, vuelva a juntarse en las cavernas (o cantinas) un puñado de personas, y en torno al fuego, que será la cicatriz profunda de una ejecución, una golpiza o un secuestro, cuenten historias para creer de nuevo en el poder curativo del sonido, y vuelva a ganar terreno el pensamiento en lugar del peso, que para entonces ya estará mucho más que devaluado.


Que recuerden, y que ese recuerdo sea su muro, su bala de plata, su ajo sobre el cuello, y en suma, su amuleto contra la desgracia. Es lo único que espero.

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