Lorenzo Delfín Ruiz
Sin proponérselo, el servicio informativo cotidiano que a
través del canal cibernético Uno TV le cuelga Telcel a sus clientes, la tarde
del día 6 reflejó en dos notas distintas una realidad grotesca regional que, a
fuerza de repetirse en otras localidades, alcanza rango nacional.
La primera, titulada “Corte frena destitución de Cuauhtémoc
Blanco”, reflejó lo que es: el pendenciero, briago, disléxico y cuasi
analfabeta ex futbolista llevado a alcalde de Cuernavaca para penuria de un
buen puñado de morelenses, libraba por antojo y protección de la Suprema Corte
el procedimiento de revocación del mandato, iniciado por la legislatura local.
En términos barrocos, propios de la fábrica de leyes
lanzadas con ánimo de hostilizar antes que de facilitarle la vida al pueblo, el
recurso para darle cuello al televisivo y jorobadito personaje que lo relevante
que tuvo como futbolista lo carece de político y administrador público, se lo
encajó el Congreso porque no cumplió los requisitos de elegibilidad.
Dicho en términos llaneros, al señor don licenciado
Cuauhtémoc Blanco (como supone uno que le gusta que lo traten ahora, aunque
ignore que Benito Juárez es inmortal en obra y memoria, y que por más que
quisiera no puede recibirle el saludo y agradecimiento que le envió durante una
ceremonia cívica escolar) el Congreso morelense le pisa los huaraches porque al
alcalde, en su febril deleite por el billete, se le culpa de haber vendido su
fama en siete millones de pesos para ser candidato.
“Convencido” por maniobra y gracia de otro manojo de
mafiosos políticos que lo llevaron al poder y con quienes terminó a rasguños,
con traición y maledicencias de por medio, como muchos morelenses genuinos
debió imaginar que su primera aventura política no era más que una vacilada
–como realmente lo es-, que su candidatura no era más que un negocio –como
realmente lo fue- y que ganaría menos
votos que sus goles anotados –como sorprendentemente todo
mundo se equivocó-.
Hartos de las chicanadas y tropelías de políticos sádicos
con perfil de forajidos que involuntariamente ha engendrado Morelos, los
habitantes de Cuernavaca aceptaron como candidato a un chilango avecindado en
la capital del estado, votaron por él a ciegas y desde entonces, ¡ay nanita!,
saben lo que es cohabitar con satanás y ser “gobernado” desde un antro.
Escandalizada por los constantes disparates de su alcalde,
como haber inventado una vicepresidencia municipal en exclusiva para José
Manuel Sanz, el representante de Blanco cuando fue futbolista y que se chuta
800 mil pesos en alimentos cada 90 días, Cuernavaca vive en virtual anarquía.
Sus servicios son raquíticos y caros, mientras sus habitantes y el comercio
padecen el asedio de narcotraficantes, de sicarios, de bandas de
secuestradores, de policías corruptos… y de su presidente municipal asociado,
por añadidura, con corruptelas.
La segunda nota en cuestión de Uno TV fue titulada: “ Este
hombre pasó de la calle a millonario”. Aunque le queda al dedillo, no se trata
de una extensión ni complemento de la información sobre Cuauhtémoc Blanco, pero
a capricho del lector y de manera involuntaria, “alimenta” más el retrato
retorcido del polémico alcalde de Cuernavaca.
El problema radica en que al país le sobran “Blancos” como
el de Cuernavaca, quien pudiera argumentar como atenuante que, efectivamente,
no es el único marrullero en México… y quizá en el mundo.
El pueblo, siempre sabio, le antepondría lo que es: consuelo
de pendejo.

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